viernes, 21 de diciembre de 2012

El Ascenso de los Conjurados 11

Los diversos dolores que asolaban el cuerpo de Sergi, junto con la mala leche que le producía que los Conjurados se hubieran convertido en los nuevos defensores oficiales de la ciudad, le hicieron decidirse por dedicar el día en exclusiva a su vida civil. Unas cuantas clases en la universidad “copiando” conocimientos, un rato realizando las labores del hogar imprescindibles para que no declararan su casa zona de peligro biológico, una visita rápida al supermercado y, sobre todo, varias horas tratando de escribir el guión de su nuevo cómic. Si no empezaba a meterle tiempo, la fecha de entrega llegaría sin que hubiera terminado, lo que no sería una buena noticia para sus relaciones (las profesionales y las no tan profesionales) con el editor y para su bolsillo. Eso último, desde luego, era algo que no se podía permitir. Ser un héroe enmascarado, es un hobbie bastante caro: Armas del mercado negro, aperos de escalada de la máxima calidad, cachivaches tecnológicos a la última, botas especiales, suplementos proteínicos para mantener la musculatura, algunas clases de novedosos estilos de lucha, los pagos mensuales del gimnasio y analgésicos suficientes suficientes para suplir un pequeño hospital. Eso sin contar que cada vez que se le desgarraba un uniforme tenía que hacerse otro nuevo. Los superhéroes no podían ir a defender el mundo con remiendos. Hay que mantener una imagen. A los Vengadores nunca les verás por ahí con un cosido. Si Ultron o el Doctor Muerte les deja en harapos, ya se dan prisa ellos en agenciarse un traje nuevo para la siguiente aventura. Claro que a ellos les sale gratis porque se los hace Reed Richards, el de los 4 Fantástico. Si tuvieran que estar comprando tela cada dos por tres, seguro que dedicaban más horas a los trabajos de sus identidades secretas (¿Alguien recuerda haber visto al Capitán América dibujar un cómic o a Thor pasando consulta en los últimos años?).

— Al paso que voy con esto — pensó Sergi — voy a tener que taparme los rotos con parches… al menos, quedará suficientemente gay.

Y es que la historia se le estaba resistiendo. Por alguna razón, lo planteara como lo plantease, sus héroes siempre acababan apaleando a un par de monjes vestidos de rojo que se hacían llamar “Los Idiotas Hechizados”. Estaba claro que su originalidad y su creatividad no estaban en su mejor día.

Por un momento (en realidad, fueron muchos momentos) Sergi se planteó llamar a Mario y terminar lo que habían comenzado el día anterior, pero al final lo dejó por imposible. Con la cantidad lesiones que había acumulado en los últimos días, lo máximo que podría hacer con él era dejar que le diera un masaje… lo que parecía una idea un tanto precipitada teniendo en cuenta que lo acababa de conocer. Quizás sin en un tiempo acababan siendo amigos (o lo que fuera) podría aprovecharse gratuítamente de sus conocimientos fisioterapeúticos sin sentirse culpable.

Pero descartar quedar con Mario y decidir dedicar el día a los asuntos de su identidad secreta, no significaba que el mundo tuviera los mismos planes para él. Y, para disgusto de sus pobres músculos doloridos, quien le impidió seguir concentrado en sus quehaceres civiles no fue Mario para ofrecerle un masaje gratis, sino un mensaje de Bolea para pedirle que le echara una mano con un asuntillo bastante importante:

“¿Recordás los mafiosos que volaron? Pues acabo de encontrar el cadáver de Pinoli y no está nada chamuscadito.”

— Puede que, con un poco de suerte — pensó Sergi resignado mientras se embutía en su traje de superhéroe — consiga sacar alguna historia para el guión del cómic.

jueves, 20 de diciembre de 2012

El Ascenso de los Conjurados 10

TR despertó horas más tarde. Un fuerte dolor le martilleaba en la cabeza. Y en la espalda. Y en las piernas, los brazos, los hombros, las rodillas... Básicamente, lo único que conservaba sano eran las orejas y la nariz. Y esa última sufría los efluvios propios del lugar donde se encontraba: un contenedor de basura. Gracias a él, seguía con vida, pero eso no lo hacía más agradable.

— Vaya mierda. — Se quejó TR tratando de salir de entre los desperdicios. La abundancia de restos de verduras, de carne podrida y pescado pasado no sólo revelaban que había un mercado cerca. También formaban una masa informe e inestable que le hacía hundirse en los deshechos cuanto más se debatía por salir de ellos. Se sentía como si estuviera en medio de unas repugnantes arenas movedizas hechas de basura que trataran de absorberlo. Y contra eso no podía usar nada que hubiese "copiado" a lo largo de su vida. Nunca se hubiese imaginado encontrarse en una situación similar a esa.

Para cuando consiguió salir del contenedor estaba rebozado, de los pies a la mitad del pecho, en desperdicios y sus diversos jugos. Su olor corporal tampoco era excesivamente mejor. Pero por mucho que le pudiera apetecer, no tenía tiempo para autocompadecerse. La policía le estaría buscando. Pero en su estado, no llegaría lejos saltando de azotea en azotea. Y tampoco podía pasearse vestido de superhéroe. Así que se quitó la camiseta ajustada de lycra, la metió, junto con cualquier arma o accesorio superheroico que pudiera llevar, en su mochila y salió a la calle arrastrándose como un mendigo descamisado, maloliente y dolorido.

Tardó media hora en regresar a su casa, pero consiguió llamar poco la atención. Al menos, no le habían detenido y nadie parecía haberle reconocido como TR o Sergi. Agotado, asqueado y malhumorado, se preparó un baño caliente con el que quitarse la porquería y la mala leche. Y una vez que tuvo los dedos arrugados como pasas, se fue a la cama. O lo iba a hacer hasta que su conciencia le recordó que debía preocuparse por la salud de los secuestrados del banco. Así que se acercó al televisor y puso un canal de noticias. En lugar de las tristes imágenes que esperaba, retransmitían una rueda de prensa del alcalde. Junto a él, había dos figuras ataviadas con largas capas rojas y máscaras venecianas. "Vaya pintas más ridículas" pensó Sergi. Mientras, el regidor estaba hablando:

— ... estos jóvenes, que han salvado a los rehenes y detenido a unos peligrosos criminales incluso, a pesar de la triste intervención de otros que tienen la osadía de autoproclamarse superhéroes o justicieros, pero que bien podrían ejercer de matones en un antro de mala muerte. — Dijo el político. — Por eso, hago entrega de las llaves de la ciudad, a nuestros nuevos protectores: Los Conjurados.

El alcalde estrechó las manos de los homenajeados luciendo una amplia sonrisa. Estaba encantado con la situación. TR había sido el último héroe al que le había entregado las llaves de la ciudad y no es que hubiesen terminado muy amistosamente. Sobre todo después de que TR saliera públicamente del armario. Pero ahora tenía justicieros-mascota nuevos y el político volvía a estar encantado consigo mismo. Los héroes quedan muy resultones en periodo electoral. Sin embargo, preveía que para TR y Bolea el futuro se iba a presentar bastante más negativo.

— Vaya mierda de día. — Dijo Sergi tirando el mando contra la pared. Si esa tarde no se hubiera caído a un contenedor de basura desde lo alto de un edificio, seguramente habría salido a ligar para relajarse. O hubiese quedado con Mario. Pero dado que le dolía cada fibra muscular de su cuerpo y aún conservaba cierto tufillo a sirope de cerdo descompuesto con hongos de coliflor, prefirió rociarse en colonia e irse a dormir.

El Ascenso de los Conjurados 9

"¡Tummm!" El ruido de la maza de Bolea golpeando contra el campo de fuerza que rodeaba el banco, se pudo oír a tres manzanas de distancia. Sin embargo, lo más que consiguió fue que soltara unas cuantas chispitas azules.

"¡Tummm!"

"¡Tummm!"

"¡Tummm!"

"¡Tummmmmmmmm!"

La argentina no es de las que se rinden fácilmente. No está acostumbrada a que las cosas salgan de forma diferente a como las tenía previstas. Especialmente, si se refiere a su maza.

— Estúpida cosa de mierda. — Se quejaba entre goterones de sudor, antes de hacer un nuevo intento. — Te vas a abrir por mis santos cojones.

— Bolea, — dijo TR — se te empieza a perder tu "argentinidad". Deberías relajarte.

Ella le miró con cara de estar planteándose arrancarle la cabeza de un mazazo. Y, seguramente, estuviera pensándolo. Para que Bolea perdiera el acento y empezara a soltar palabrotas, tenía que estar muy, muy, muy, muy enfadada. En los años que se conocían, TR sólo la había visto así en dos ocasiones. Era algo excepcional. Ni en el incendio de la residencia de ancianos, ni cuando unos terroristas habían secuestrado a los niños de una guardería. Sergi no quería imaginarse lo que les haría a los Conjurados si lograban entrar en el banco.

— Déjame tu palo. — Le pidió Bolea. Aunque por su tono, se podía adivinar que la frase poco tenía de solicitud y mucho de exigencia.

— ¿Qué vas a... ? — Empezó él. Pero la paciencia de la mujer no daba ni siquiera para media pregunta y, con un rápido movimiento, le arrancó la vara de metal de las manos. — ¡Eh!, deja mi palo en paz. — Protestó, en vano, TR. — Es mío. Es mi seña de identidad. Como la del tercer Robin, Gámbito y la Tortuga Ninja Donatello.

— Cállate. — Rugió ella, haciendo que su amigo se quedara petrificado donde estaba.

Bolea extendió la vara metálica, la agarró con fuerza con la mano izquierda, situó un extremo lo más cerca del campo de fuerza que pudo y golpeó la otra punta con la maza, como si estuviera usando un cincel y un martillo. El resultado fue el esperado: saltaron chispitas azules. Luego salieron más chispitas. Después, las chispitas se hicieron rayitos. Eso no era tan esperado. Y, tras una explosión que mandó a Bolea y TR a tres manzanas de distancia, esas chispitas se convirtieron en rayos grandes y azules que se expandieron por todo el campo de fuerza. Los gritos que salieron del interior dieron una idea de que, posiblemente, alguno de esos enormes rayos había penetrado en el edificio y electrocutado a sus ocupantes. Y los gritos del exterior parecían indicar que también habían afectado a varios de los policías que cercaban el banco.

— La concha de la lora. — Dijo Bolea.

— Al menos has recuperado tu "argentinidad".

Como superhéroes responsables, pretendían volver a ver qué había sucedido y tratar de enmendar sus fallos, pero entonces apareció un helicóptero gigante, con un foco deslumbrante y cargado de policías con mala leche y grandes metralletas.

— Pongan las manos donde podamos verlas. — Dijo uno de los agentes por un megáfono. — Tiren las armas. Están detenidos.

Bolea y TR se miraron durante un milisegundo. Eran superhéroes, pero no les solía gustar que les detuvieran. Ya habían pasado por eso con anterioridad.

— ¡Corre! — Gritó TR.

Ambos salieron huyendo, cada uno en una dirección. TR se concentró en saltar de azotea en azotea. A pesar de eso, resbaló tres manzanas más lejos. Y esa vez, no estaba Bolea para agarrarle.

— Mieeeeeeeeeeeeeeeerda. — Gritó mientras se precipitaba al vacío.

El Ascenso de los Conjurados 8

— Uf, menos mal que pesás menos que una nena. — Dijo Bolea alzándole a pulso.

— Qué graciosa. — Le respondió TR.

— ¿Estás bien?

— Sí. Ahora mejor.

— Me refiero a la salud. Últimamente, tenés los poderes hechos remierda.

— Mis poderes están perfectamente. — Respondió él algo mosqueado. — No me he caído, por si es lo que estás insinuando. Me han tirado.

— ¿Te han tirado? — Preguntó Bolea incrédula.

— Sí. Saltaba por los tejados en dirección al banco cuando vi dos luces rojas, alguien me llamó gilipollas y entonces... pasó una cosa rara. Algo tiró de mí. Salí... volando hacia atrás.

— Una vez conocí — empezó ella sin hacer mucho caso a su amigo — a un pibe que iba a psicoanalista porque...

— No me he imaginado nada. — Le cortó TR. — No seas tan tópicamente argentina.

— Calmate, pibe. Si decís que viste dos luces rojas y que volaste por arte de magia, lo creo. Habrá sido un genio, o un hada. — Se burló Bolea.

— O los Conjurados… — Dijo TR. — ¡Tenemos que irnos! — Añadió saliendo corriendo como si su vida dependiera de ello. Bolea no entendía nada, pero le siguió de cerca.

— ¿Qué pasa? — Preguntó ella. — ¿Qué tomaste?

— Los Conjurados irán hacia el banco. Si lo resuelven como la otra vez, vamos a tener decenas de inocentes muertos.

— Me sorprende lo rápido que podés imaginarte los problemas.

Cuando llegaron, diez coches de la policía circundaban el edificio. Pero no era lo único que rodeaba el banco. También había una especie de campo de fuerza. Algo que ni la vara de TR ni la maza de Bolea, pudo atravesar. Cuando lo golpeaban, lo único que conseguían era que saltaran chispitas.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

El Ascenso de los Conjurados 7

Mario ayudó al accidentado a llegar hasta su casa.

— En serio, — dijo Sergi al ver que el otro hacía un amago de irse — quédate a tomar algo.

— De acuerdo. — Aceptó Mario sentándose en el sofá. — ¿Qué me ofreces?

— Esto. — Respondió Sergi besándole. Después de la caída, no le apetecía andarse por las ramas. Mario no se resistió. Muy al contrario. Las manos de ambos recorrieron sus cuerpos y las camisetas volaron. Pero, de repente, un insistente pitido les detuvo. Venía de los pantalones de Mario.

— ¿Es una alarma de incendios? — Preguntó Sergi divertido.

La cara de Mario no reflejaba ninguna alegría. Metió la mano en el bolsillo y sacó un busca.

— Lo siento. — Se disculpó tras echarle un vistazo. — Tengo que irme. Es una emergencia.

— ¿Una emergencia de fisioterapia?

— Han puesto en alerta a todo el hospital. Hay una crisis con unos rehenes de un banco cercano. Ya han ingresado cuatro policía heridos. Tengo que ir. Algo en la cabeza de Sergi hizo "clic" al oír la palabra rehenes y la excitación dio paso a la preocupación. Preocupación por deshacerse de Mario para poder ponerse el uniforme de TR.

— Uy, sí. Vete, vete. — Dijo. — El deber te requiere. Toma una tarjeta con mi número por si quieres llamarme.

— Lo haré.

— Estupendo, pero corre, corre, no te entretengas. Adiós. — Se despidió Sergi casi cerrándole la puerta en las narices.

Una vez a solas, Sergi fue a su habitación, entró en el cuarto secreto al que se accedía a través del fondo del armario (al que denominaba Narnia, por razones obvias). Una vez vestido (y de haberse tomado una pastilla para el dolor), salió por la trampilla secreta que daba a la azotea y, de tejado en tejado, recorrió la mayor parte del camino que le separaba del banco. Sin embargo, cuando se iba a acercar, un par de luces rojas resplandecieron frente a él.

— ¡Gilipollas! — Oyó que alguien le gritaba.

Y, entonces, una fuerza tiró de él y le lanzo a doscientos metros de distancia. Primero cayó en horizontal. Luego cayó en vertical. Hacia el suelo. Por suerte, algo lo detuvo en el aire antes de que impactara contra el pavimento.

— No podés seguir saltando así, boludo.

El Ascenso de los Conjurados 6

Aunque por su forma de esquivar a su atacante pudiera parecer que Sergi posee reflejos sobrehumanos, lo cierto es que se deben únicamente a la práctica. Eso era algo que no podía "copiar". De hecho, no se había alejado más de un par de manzanas del gimnasio cuando resbaló en una mancha de aceite y, al caer, se rompió una costilla.

— ¡Ahhhhhhhhhhhhhhhh! — Grito, demostrando que su capacidad para resistir el dolor tampoco era "copiable" y que le hacía falta más entrenamiento al respecto. O lo haría si fuera posible adiestrarse en partirse huesos del cuerpo sin sufrir. — ¡Jodeeeeeeeer!

Por suerte para él, había alguien cerca para socorrerle. Ni más ni menos que el chico joven del gimnasio. Pero no el que le había atacado. Él otro, el que le miraba. Casualmente, había sentido unas ganas imperiosas de ducharse cuando había visto a Sergi entrando en el vestuario. Bueno, en realidad, lo había hecho para ver si conseguía establecer contacto visual. Y ante su estrepitoso fracaso, decidió seguirle por la calle. Se sentía fatal, como un acosador. Pero era un gran admirador de Sergi y quería tener, por lo menos, la oportunidad de presentarse.

— Además, tendré que disculparme. — Pensó Mario, que así se llamaba el chico, para sí mismo.

Al ver que su perseguido se caía, corrió a socorrerle. Esa era su gran oportunidad. Mientras se acercaba, Sergi aullaba de dolor como un lechón en una matanza o una quinceañera en el concierto del cantante con los pectorales del momento. Ni notó que Mario se aproximaba a él. Aunque sí que reparó en él cuando empezó a masajearle el pecho. En él y en las ganas que tenía de partirle la cabeza por tocarle donde le dolía. Sin embargo, su opinión sobre su salvador mejoró mucho según fue remitiendo su molestia y, aún más, al fijarse en su físico.

— ¿Cómo... ? — Empezó a preguntar Sergi.

— Soy fisioterapeuta. Y la costilla no estaba rota. Sólo fue una contusión.

— Pues yo oí un "crack".

— Puede que fuera otra cosa. Tu móvil contra la acera, por ejemplo.

— A lo mejor. Me llamo Sergi.

— Yo Mario. — Dijo. — Deja que te ayude a levantarte. — Añadió al ver que su paciente trataba de incorporarse con claras muestras de dolor. — No deberías hacer esfuerzos en un par de días.

— Es igual. Vivo aquí al lado.

— Te acompaño.

— Está bien. — Aceptó Sergi. — Pero tienes que aceptar que te invite a una copa en mi casa.

El Ascenso de los Conjurados 5

Cuando un problema le preocupaba, TR (mejor dicho, Sergi, dado que no llevaba el uniforme) iba al gimnasio. Hacer ejercicio le despejaba las ideas. Le ayudaba a pensar, a razonar, a planear y, además, le liberaba del estrés acumulado. Sobre todo, la máquina de remo. Y esa mañana estaba haciendo mucho. Tanto que podría haber llevado una galera él solo al otro extremo del Atlántico. La culpa la tenían los Conjurados. TR odiaba a los enmascarados que iban por la vida como si fueran Punisher, liquidando a diestro y siniestro a camellos, asesinos o mafiosos. Los superhéroes estaban para salvar a los ciudadanos y ayudar a la policía, no para matar a los criminales. Era una de esas cosas que los buenos se supone que no deben hacer bajo ningún concepto. Especialmente si ponía en peligro a gente inocente.

A falta de uno, había dos en su ciudad. Y, por el nombre, estaba casi seguro de que tendrían poderes mágicos. Justo lo que le apetecía después de su último novio le dejara. Por lo menos, tendría algo en lo que concentrarse por un tiempo. Eso si no aparecían más novatos con capita. Bolea le había contado que en la última reunión de superhéroes se presentaron cuatro nuevos miembros, además de los Conjurados. Esperaba que no fueran igual de violentos, porque no podía controlarlos a todos y los problemas con las instituciones no tardarían en aparecer si se acumulaban los cadáveres. La situación ya estaba bastante tirante con el alcalde, como para enemistarse con más gente. Cierto es que sus malas relaciones tenían más que ver con la homofobia del regidor y las represalias de TR, que con el oficio heroico en sí mismo. Pero tener a gente volando mafiosos no iba a mejorarlas.

Sin embargo esos, eran problemas futuros. De momento se conformaba con encontrar a los nuevos paladines del bien y convencerles de que se controlasen un poco.

— A lo mejor aceptan un consejo de alguien con más experiencia que ellos. — Pensó. — Y si no, saco mi vara metálica y les...

Hasta ahí llegaron sus pensamientos, porque algo en su interior en forma de tirón, le interrumpió. Sólo su orgullo de actor porno impidió que gritase. Eso y que la semana ya le iba lo suficientemente mal como para empeorarla haciendo el ridículo en su gimnasio. Así que apretó los dientes y se arrastró, cagándose mentalmente en los Conjurados, hacia las duchas. Tan ensimismado estaba que no se fijó en que chico joven que no dejaba de mirarle. Ni en el que estaba tumbado en el suelo estirando. Con ese tropezó y cayó sobre su pierna derecha.

— ¿Eres idiota o qué te pasa? — Le gritó a Sergi.

— Perdona, no te vi.

— Pues a ver si te fijas por dónde vas. Imbécil.

Dominando las ganas de usar la técnica para estrujar cráneos que había “copiado” en un viaje al Amazonas, Sergi se incorporó y continuó su camino a las duchas. El chico del suelo no poseía un control mental similar y se levantó a darle un puñetazo. Pero los instintos de Sergi tras años de superhéroe y de “copiar” estilos de lucha estaba demasiado desarrollados. Esquivó el ataque y, agarrándolo de la muñeca, le hizo una llave que le dejó de nuevo en el suelo.

martes, 18 de diciembre de 2012

El Ascenso de los Conjurados 4

En ocasiones, saltar de azotea en azotea resultaba más sencillo que bajar de ellas. En especial si el edificio se encontraba en ruinas y con todas sus entradas tapiadas para evitar la entrada a vagabundos. Pero eso no suponía un problema para la cuerda de escalada que TR siempre llevaba consigo. Cierto era que podían haberse trasladado a otro tejado desde el que tuvieran una forma más fácil de descender, pero la manera complicada era más espectacular y divertida. Al menos para TR y su experiencia de especialista de cine. A Bolea, simplemente, no se le había ocurrido que habría opciones más asequibles a su pobre experiencia escalando paredes y hacía lo que podía para no partirse la crisma.

Una vez en el suelo, parapetados al abrigo de un coche negro, consideraron el plan de ataque. La puerta estaba custodiada por ocho matones fuertemente armados: Dos a unos pasos de ellos, otro par en la puerta y el resto recorriendo las aceras arriba y abajo. En el momento en que estos últimos se encontraban a una manzana de distancia de sus compañeros, los héroes decidieron entrar en acción. Bolea sacó su maza de doscientos kilos característica, TR la vara de metal extensible que llevaba a la espalda y se lanzaron contra los guardias que tenían más a mano. El barrio no era, precisamente, rico y muchas de las bombillas de las farolas brillaban por su ausencia. Era la zona ideal para realizar discretas reuniones mafiosas, pero también para las emboscadas encubiertas. Gracias a ello, los héroes pudieron reducir a sus objetivos sin problemas y sin que los seis matones restantes se dieran cuenta de nada. Esa era la parte sencilla del trabajo. El siguiente paso entrañaba más complicaciones pues no había posibilidades de usar escondites ni subterfugios. Consistía en lanzar una andanada a cara descubierta contra el resto de la seguridad y las armas de fuego que tanto les gustaba utilizar. Un ataque suicida en toda regla. Los preferidos de Bolea. La argentina salió corriendo en dirección al grupo más numeroso blandiendo su arma y gritando como si fuera Xena, Sheena, Shanna, Shee-Ra o cualquier otra heroína de nombre parecido. TR la seguía de cerca, aunque armando menos alboroto.

Los matones que les vieron, se pusieron a cubierto para tener tiempo de sacar sus pistolas. Los que no lo hicieron a tiempo, obtuvieron contusiones severas. En cualquier caso, todos acabaron en el suelo y con pitidos en los oídos porque, en ese momento, el edificio explotó. En realidad, sólo estalló el sótano, pero ni TR, ni Bolea, ni los matones estaban para ser muy precisos. En lo que sí se fijaron fue en dos figuras vestidas de rojo que saltaban de alegría a cierta distancia y que no tardaron en desaparecer.

— Eran los Conjurados. — Le explicó Bolea cuando ya estuvieron más cómodos en la casa de TR. — Les conocí en la cena de la Asociación de Superhéroes.

— Perdón ¿en dónde? — Preguntó incrédulo TR.

— Vos nunca te enterás de las cosas de héroes.

— Nadie me las cuenta.

— Los Conjurados se enteraron ellos solos. Simpáticos los chicos. — Dijo Bolea.

— Sí, muy simpáticos. — Le respondió TR molesto. — Pero acaban de matar a decenas de personas y herir a muchos inocentes.

— Al menos ya no tenemos que detener a Pinoli. — Contestó la mujer tranquila.

A TR le preocupaba bastante más el tema. A TR le preocupaba bastante más el tema.

El Ascenso de los Conjurados 3

TR saltaba de azotea en azotea pensando que, a pesar de que le encantaba cómo su uniforme le marcaba los abdominales, posiblemente le convendría uno que fuera más cómodo para saltar, escalar, pelear, escapar y cualquier otro verbo que pudiera tener relación con la actividad superheroica. Pero, sobre todo, necesitaba uno que le permitiese respirar. Era el problema de querer resaltar que era gay. Cuando, tiempo atrás, intentaba parecer heterosexual, no tenía ese tipo de problemas. Claro que, por aquel entonces, sus preocupaciones eran unas hombreras molestas, unas botas que pesaban un quintal, numerosos pinchos puntiagudos y el lugar en el que se le clavaban… A decir verdad, la falta de aliento no era algo tan malo. Al menos, no dolía.

Tan concentrado en su problema de vestuario (y asfixiado) iba que perdió el pie en un salto y cayó al vacío. O habría caído si no hubiera conseguido agarrarse en el último momento a una cornisa. Un tópico superheroico en toda regla que acabó de completar la mano que, muy oportunamente, apareció en el momento justo para ayudarle a subir. Por supuesto, era de su mejor amiga Melanie. Aunque, en ese momento, respondía al nombre de Bolea. Ella también era una heroína. Argentina, lesbiana, loca, bruta, generosa, excéntrica e independiente eran algunos de los calificativos que se le podrían atribuir.

— O vos empezás a saltar bien o retirate del negocio, boludo. — Le dijo. — Ni por putas voy a seguirte cada noche para salvaos el culo.

— Ha sido un accidente. — Replicó TR. — Estaba pensando en otra cosa.

— Dejame adivinar… ¿pibes?

— No. Ropa.

— Sos más gay que las boas de plumas. — Rio Bolea.

— Gracias ¿me vas a contar ya por qué me has hecho venir? — Preguntó TR enfadado.

— Necesito ayuda para detener a Marco Pinoli.

— ¿El capo? Claro ¿Dónde está?

— En el sótano de ese edificio con tantos matones en la puerta. — Explicó Bolea señalando a la acera de enfrente. — Está con la gente de Ling.

— ¿La mafia italiana y la mafia china? Me encanta. Es muy internacional.

lunes, 17 de diciembre de 2012

El Ascenso de los Conjurados 2

Algunos se estarán preguntando por el significado de TR. La respuesta es sencilla: no lo tiene. Lo elegí al azar, porque me sonaba bien. Qué puedo decir, no tenía el día creativo. Además, imaginen la presión de seleccionar un nombre en código. Te pasas semanas pensando si sonará idiota, si se podrán hacer juegos de palabras con él, si será demasiado presuntuoso o si debería ser más grandilocuente. Una tortura. Algo similar me ocurrió con el símbolo. Me quedé con un triángulo rojo invertido porque me recordaba al símbolo de Superman y tenía cierta relación con el mundo gay. Mucha gente cree que ambas cosas fueron seleccionadas tras un sesudo y concienzudo proceso de reflexión y que "TR" es el acrónimo de “Triángulo Rojo”. Les prometo que mi intención inicial no era esa, aunque acepto que me llamen “Triángulo Rojo”. Ahora sería “Triángulo Rosa”, porque cambié el color después de salir públicamente del armario. Como dice un amigo mío, si quieres reclamar algo, que sea evidente.

Habrá personas que se habrán quedado pensando que antes he mencionado de pasada que tengo poderes. Pues sí, aunque no es algo que vaya pregonando a los cuatro vientos. Ni yo, ni nadie en esta profesión. Hemos leído los suficientes cómics de los X-Men para saber que no es una buena idea que el resto del mundo conozca este tipo de cosas. Además, por defender mi orientación sexual, me la juego. Pero no voy a arriesgar mi vida por unas cualidades sobrenaturales que vete a saber tú de dónde han salido.

De todas formas, la mayoría de las veces, mis poderes son demasiado poco vistosos para que una muchedumbre enfurecida fuera a molestarse en perseguirme con horcas y antorchas. Lo único que hago es "copiar" cosas. "Copio" lo que oigo en clase, "copio" un estilo de lucha en un vídeo y "copio" el aspecto de alguien para parecerme a él. Podría decirse que soy una mezcla de los personajes de cómic del Instructor y de Mística, con una pizca de superdotado (no sólo de inteligencia). Claro que usarlos no es del todo gratuito. El dolor y las horas que me paso inconsciente varían dependiendo de lo físico que sea lo que estoy copiando. Quedarme con lo que leo en un libro, puede dejarme atontado un rato. Cambiarme el color de ojos, supone tres horas sin sentido y una gritando como si me estuvieran abriendo en canal.

Puede que parezca una tontería de poder, pero tener la posibilidad de aprender a hacer parkour o trapecismo es muy útil si te vas a dedicar a saltar por los tejados. Y antes de las heroicidades, me sirvió para ganarme la vida. Por eso he tenido tantos trabajos y he aprobado tantas carreras universitarias (sí, sé que así es trampa, pero qué más da).

Eso sí, lo que no he sido nunca en la vida es narrador y, por eso, para la próxima entrada dejaré que un profesional (o eso dice él) se encargue de esto.

El Ascenso de los Conjurados 1

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Hola, muy buenas ¿qué tal se encuentran? Mi nombre es Sergi Bassols. Soy guionista de cómics de superhéroes. Puede que me conozcan por mi seudónimo: Serols. O puede que no. A lo mejor me recuerdan de cuando fui gimnasta olímpico. O es posible que hayan visto una de mis películas para adultos. Si no, seguro que conocen a mi álter ego: TR, el defensor de los débiles. Para otros soy "el marica volador", pero esa gente no suele conservar los dientes mucho tiempo.

Pues sí, soy un superhéroe. A no ser que en este país Marvel y DC también tengan los derechos sobre esa palabra, en cuyo caso me proclamo como... "defensor enmascarado", por ejemplo, que queda muy de los sesenta. Se llame como se llame, es un trabajo duro. No te pagan, te llevas un montón de golpes, duermes poco y es pésimo para las relaciones. No sé cómo podía hacerlo Spiderman en los cómics. Bueno, sí. Es posible porque es un personaje de ficción. A mí ya me cuesta patrullar cada noche en busca de rateros, como para ponerme a pelear con villanos con poderes. Por suerte, yo puedo despreocuparme de esa parte del trabajo. Nuestros malos con capacidades fuera de los normal suelen ser bastante discretos ¿Para qué iban a atracar un banco a plena luz del día luciendo unas mallas de colores si pueden hacerlo en la soledad de la noche llevando un discreto atuendo negro ladrón?

Sin embargo, nosotros los defensores enmascarados, sí que actuamos y nos vestimos como en los tebeos. Es parte de la gracia de ser un héroe. Y la única excusa que tengo para llevar una de esas camisetas de lycra que te marcan hasta el páncreas fuera de la semana del Orgullo Gay. Me queda espectacularmente bien ¿He mencionado que fui modelo de bañadores?

Bienvenidos

Bienvenidos al blog dedicado en exclusiva a TR, mi superhéroe gay. Sí, ya sé que empiezo a tener tantos blogs que puede que sea la persona en la que se descubra el primer caso de Sídrome de Diógenes cibernético. Y también sé que debería usar mi tiempo en cuidar un poco más los que ya tengo. Puede que lo del Síndrome de Diógenes sea cierto, pero sobre todo este blog lo he creado para ser justo con el pobre TR, al cual tengo olvidado desde hace meses.

Además, abrirle un espacio propio a TR me permitirá hacer cosas nuevas que llevaba tiempo apeteciéndome pero que no tendrían demasiado sentido en "Historias con Hache", como tiras cómicas o las historias cortas de superhéroes de "TR presenta". A algo, aparte de estudiar, tengo que dedicar mi tiempo en el paro.

En fin, que a ver que tal sale todo. Por cierto que ahora la historia de TR tiene nombre. Se llama "El Ascenso de los Conjurados". Espero que les guste.